Historia de los Monjes, Arcediano Timoteo de Alejandría. --Trad. Rufino de Aquileya (siglo IV)

En cierta ocasión San Pafnucio, el famosos anacoreta de la Tebaida, tuvo la curiosidad de saber a qué grado de santidad había llegado, y a este propósito pidió a Dios le manifestara a qué santo se parecía. Un ángel le respondió que era semejante a un músico callejero que con su arte se ganaba la vida en la vecina aldea. Pafnucio quiso conocer a su rival en santidad y, al encontrarlo, le preguntó qué buenas obras había realizado. El otro le respondió que había sido un gran pecador, había llevado una vida escandalosa, y luego, al abandonar su vida de bandolero, había escogido la mísera profesión que a la sazón ejercía. Apremiado a preguntas de Pafnucio, el músico al fin declaró que mientras estaba dedicado al robo, arrancó de las garras de su compañero de fechorías a una virgen dedicada al Señor, y en otra ocasión dio a una pobre mujer, que tenía esposo e hijos en la cárcel, el dinero suficiente para ponerlos en libertad. Conmovido por la apacible magnanimidad del pobre músico, Pafnucio se lo llevó al desierto, en donde después de tres años de vida ascética murió como un santo.
Estimulado con su ejemplo, Pafnucio hizo grandes progresos en la vía ascética. Y entonces de nuevo se le ocurrió preguntar a Dios a quién de la tierra era semejante. Se le dio de respuesta que se parecía a un padre de familia que habitaba en la aldea vecina. El Santo anacoreta no tardó en visitarle, y si encontró con un hombre casado que desde hacía treinta años vivía con su mujer en estado de continencia, y practicaba la justicia, la bondad y la hospitalidad. Poco costó a Pafnucio llevárselo al desierto.
Este nuevo compañero fue para Pafnucio nueva ocasión de santificarse más, y cuando la muerte se lo arrebató lleno de méritos, el santo anacoreta pidió por tercera vez a Dios que le diera a conocer a quién de los hombres era semejante. Tu eres semejante, fue la respuesta, a un comerciante que vas a encontrar. Pasada una hora y cuando Pafnucio bajaba del monte, se encontró con un comerciante de Alejandría, que con tres navíos llenos de víveres y limosnas había venido para socorrer a los monjes. El comerciante corrió la misma suerte de los dos anteriores.
Ahora bien: encontrándose Pafnucio en su lecho de muerte dijo a los sacerdotes que habían venido a visitarle: En este mundo no se puede despreciar a nadie, aunque sea bandolero, juglar o campesino; no importa si es casado, o si se dedica a los negocios o la comercio, puesto que no hay en esta vida ningún estado en el cual no se encuentren almas agradables a Dios, que ocultamente se dedican a practicar obras que satisfacen a Dios, lo que demuestra que no es la profesión que se ha abrazado ni el aspecto del vestido lo que agrada a Dios sino la pureza de corazón y la rectitud en el obrar.

Sobre la locura la felicidad y el amor... un día cualquiera en el supermercado




JQ: "Yo creo que para pasarla bien hay que portarse mal; porque al final lo correcto se convierte en rutina y la rutina en aburrimiento"
DEG: "Yo no pienso igual. Más bien la alegría verdadera está en el AMOR y amar es hallar paz aún en medio del dolor; si eres capaz de esto será fácil reír siempre y encontrar una nueva aventura cada vez..."

Credo ut intelligam


La VERDAD no se inventa se busca... Y cuando la encuentras LA ABRAZAS CON TODO EL CORAZÓN